por Lic. Laura Caballaro
Hace un tiempo llegó a mis manos un mensaje profundamente poético. Hablaba de un príncipe, una princesa, de Dios, del sacrificio y de un amor tan intenso que parecía dispuesto a soportarlo todo. Como psicóloga, más que detenerme en la historia, me interesó lo que ese relato representa: una de las creencias más arraigadas sobre el amor.
Durante generaciones nos enseñaron que amar es sufrir. Que cuanto más duele una relación, más verdadero es el sentimiento. Que el sacrificio es la máxima prueba de amor. Sin embargo, en el consultorio observo una realidad muy diferente: el sufrimiento sostenido rara vez fortalece un vínculo; con frecuencia lo desgasta.
Cuando una persona expresa que amar será “su precio”, que deberá resignarse, soportar el dolor o vivir con una tristeza permanente, aparece un fenómeno conocido como la romantización del sacrificio. El foco deja de estar en la construcción de una relación saludable para instalarse en la idea de que el sufrimiento otorga valor al amor.
Otro aspecto frecuente es la idealización. Se coloca a la otra persona en un lugar casi perfecto, como si fuera una princesa o un príncipe destinado a salvar la vida de quien ama. Aunque pueda parecer romántico, ese mecanismo suele impedir ver al otro tal como es y dificulta construir una relación basada en la reciprocidad.
Desde la psicología y la sexología sabemos que amar no implica renunciar a uno mismo. El amor maduro no necesita héroes ni mártires. Necesita comunicación, responsabilidad afectiva, límites sanos, admiración mutua y la libertad de elegir cada día compartir la vida con el otro.
Las palabras pueden emocionar profundamente, pero son los hechos los que sostienen un vínculo. Una declaración apasionada pierde fuerza cuando no está acompañada por decisiones coherentes.
Quizás la verdadera transformación ocurra cuando dejamos de buscar un amor que nos haga sufrir para demostrar que es auténtico y empezamos a elegir un amor que nos permita crecer, sentirnos seguros y ser nosotros mismos.
Cuando cambiamos nuestra forma de vincularnos, también cambia aquello que estamos dispuestos a aceptar y aquello que somos capaces de reconocer. Es entonces cuando aparecen personas diferentes, relaciones más conscientes y oportunidades que antes pasaban inadvertidas.
A veces, el amor no llega cuando más lo perseguimos, sino cuando dejamos de confundir intensidad con sufrimiento y comprendemos que amar también puede ser paz. Y, muchas veces, la persona indicada aparece donde menos la esperábamos y en el momento en que estábamos realmente preparados para construir un vínculo sano.